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MENS Actualidad. LAS RAÍCES DE LA VIOLENCIA EN GRUPO

El fallecimiento de Francisco Javier Romero, que participó junto a un grupo de Riazor Blues en una reyerta contra miembros del Frente Atlético plantea un sinfín de preguntas: ¿Cómo puede convertirse un partido de fútbol en una guerra y los seguidores del equipo contrario en enemigos incluso antes de que se produzca el encuentro?¿En qué momento alguien cree que para defender unos colores está justificado el recurso de la fuerza física?¿De qué manera se explica esta violencia tan gratuita?

Lo primero que señalan psicólogos y sociólogos es que el fenómeno no es endémico del fútbol, sino que se da en otros contextos. Bandas, tribus urbanas, incluso patrones de ocio juvenil justifican su uso de la violencia en el marco de una particular visión del mundo, de una subcultura. Las agresiones, por tanto, responden a un sistema concreto de normas que determina qué motivos son suficientes para la pelea.

"Si les preguntas, la mayoría de estos jóvenes te dirá que no son violentos. Que les han provocado, y que tienen que defender su honor o el de los suyos y por eso han tenido que usar la fuerza física'", explica Bárbara Scandroglio, miembro del departamento de Psicología Social y Metodología de la Universidad Autónoma de Madrid, que lleva unos 20 años estudiando la violencia juvenil grupal.

Para la legitimación de sus normas, el grupo recurre a la creación de mitos y estereotipos donde los malos se dibujan como categoría y se borra la percepción del otro como individuo. Dentro de ese guión, el grupo de los buenos es como la familia a la que hay que defender a toda costa.

La pelea, en ese marco, sirve como refuerzo de esa unión y se percibe como la garantía de que "el resto de los miembros están dispuestos a batirse por ti", tal y como explica Ángel Gómez, del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED.

Según este experto, "en todos los grupos hay unas normas internas muy similares en cuanto a los enfrentamientos". Estas establecen, por ejemplo, no atacar a quien no forme parte del grupo rival ni seguir golpeando a una víctima que está en el suelo, que está sangrando o presenta evidencias de lesiones graves. El problema, subraya, es que estas leyes "no siempre se cumplen", abriendo la puerta a la tragedia.

"Los grupos rivales no quedan para ir a matarse. Hay normas que preservan a la víctima pero también al victimario de sufrir consecuencias penales", coincide Scandroglio. "Pero cuando la situación se descontrola, las reglas se abandonan y ya no se para si alguien está en el suelo".

Los expertos recuerdan que tampoco es habitual la planificación de los escenarios de confrontación. "Lo que ocurre es que las peleas entre rivales tienen una historia detrás, hay desencuentros previos y se alimenta todo un caldo de cultivo para la violencia. Por ejemplo, en el caso del fútbol el planteamiento suele ser: '¿te acuerdas de lo que pasó en tal partido? voy a ir a defender a mi grupo, no me voy a esconder y voy a ir a su 'territorio''", añade la especialista.

"El problema es creer que defender a tu equipo significa usar la violencia", señala por su parte la especialista en Psicología Deportiva Patricia Ramírez, que recuerda que en muchos de estos casos el alcohol u otras drogas actúan como desinhibidores, potenciando que la persona "haga cosas que en estado sobrio no haría".

"Algo que hay que remarcar", añade Gómez, es que "detrás de este recurso a la violencia no hay un trastorno mental en la gran mayoría de los casos".

"En un grupo de 10, puede haber uno con rasgos psicológicos que les hacen tendentes a la violencia, con menos tolerancia a la frustración y que quizás es el más descontrolado. Pero la mayoría no tiene ese problema añadido", apunta Scandroglio.

El prototipo de joven que se implica en conductas violentas es el de un chico que ronda los 20 años y que, al contrario de lo que muchas veces se piensa, no viene de un entorno desestructurado. "Sí hemos visto que es fácil que provenga de una familia donde no se ha ejercido la supervisión tan estrechamente como en otras. A menudo se desvinculan de la escuela, pero no por fracaso escolar. No tienen un reconocimiento y un apoyo tan efectivo como otros en su entorno y por eso buscan el reconocimiento, el respeto, a través de la fuerza física. Y es algo muy poderoso porque se crea una situación donde se sienten invencibles y reciben un refuerzo inmediato", aclara la especialista de la UAM.

También es común, como apunta Gómez, que estos jóvenes lleven "una doble vida". Tienen su día a día normal y sus momentos donde "lo normativo es comportarse de manera agresiva", a lo Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y sin extender la violencia a otras esferas.

Desintoxicación

Lo habitual, coinciden los expertos, es que este tipo de comportamientos se vaya diluyendo con la edad, "cuando aparece una novia, un trabajo y cambian los valores", aunque no siempre es así. Si concurren otros problemas o la persona está inmersa en determinadas circunstancias, como los negocios ilícitos, es más fácil que permanezca en el grupo más allá de los 20.

Un suceso grave, como el fallecimiento que se produjo el pasado fin de semana, también puede contribuir a que tanto los más veteranos del grupo como los miembros recién incorporados se planteen los beneficios y costes que supone su participación en el clan y decidan abandonarlo, si bien la doctrina ideológica imperante tratará de buscar una justificación a los hechos.

"Dejar el grupo no es tarea fácil, es similar a un proceso de desintoxicación porque supone salir de un comportamiento sectario que ha dado sentido a tu vida", argumenta Miguel Cancio, profesor de Socioeconomía del Desarrollo y los Movimientos Sociales de la Universidad de Santiago de Compostela y uno de los primeros sociólogos españoles que analizó el papel de la violencia en el fútbol.

Este deporte, apunta, es una instancia social que "puede fomentar lo mejor del ser humano, pero también lo peor" en el sentido de que se ha asumido socialmente que en el entorno del fútbol "es posible dar rienda suelta a las emociones sin ningún límite, ni verbal ni físicamente".

Se producen dos partidos: el de los jugadores y el de los hinchas, continúa Cancio. Y el segundo se vive como si fuera una guerra, con un efecto jauría, que despersonaliza al contrario.

En ese sentido, Cancio critica duramente que en España no se hayan tomado medidas al respecto y que el mundo ultra se haya beneficiado de la connivencia de los clubes, el no reconocimiento de delito por parte del código penal y, en muchos casos, la inacción de la policía.

"Desde 1982 ha habido 12 muertes por la violencia en el fútbol, y no es algo irremediable. En Reino Unido tenían un problema gravísimo con los 'hooligans', con cientos de muertes, pero se tomaron medidas que han supuesto un éxito total. Aquí debería seguirse el mismo camino", señala.

Scandroglio va más allá: "Es necesario que todo joven pueda participar en la vida cívica, en su vida del barrio, porque así tendrá varias dimensiones donde podrá valorarse positivamente y no tendrá que buscar ese respeto a través de la violencia".

"Hay que institucionalizar la participación juvenil", reclama."Y cambiar algunos estilos de educación, para conseguir controlar sin ser autoritario, o que la escuela no sólo valore el rendimiento", concluye. Fuente: El Mundo.

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